Los límites del “competir”
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En general uno tiene su primer acercamiento con una competencia en un ámbito deportivo y por lo tanto son las reglas de la sana competencia las que uno encuentra, con los matices individuales, en que algunos olvidan incluso el “fair play“, sin embargo en promedio se observa un ambiente agradable, en las cuales estas acciones ayudan al espíritu, son formativas y muchas veces incluso afirman lazos de amistad que perduran en el tiempo.
Por motivos del destino he podido apreciar el caso extremo de lo que se denomina competir, un sistema donde todos son contrincantes y todo circula entorno de la competencia, sin respiro, sin descanso sin un momento para madurar, para recapacitar y si es necesario, para enmendar. Competir es algo interesante y que está prácticamente arraigado en nuestros genes, sin embargo lo que no está claramente codificado son los límites de una competencia, aquella denominada sana competencia. Lo anterior se lleva al punto que se permite desarrollar sistemas enfermizos basados únicamente en la competencia como objetivo en si misma y en la rivalidad permanente para con cualquier semejante.
A la larga todos son rivales porque en un ámbito u otro se establece la competencia a todo nivel, incluso para tomar locomoción, o simplemente atravesar primero una línea, una delgada línea entre el equilibrio y la locura. Al parecer algunos pueblos orientales han perdido completamente eso de la vida y riqueza interior para convertirse en meras máquinas que se mueven por motivaciones muy ajenas a lo que su cultura les había entregado. Rayan peligrosamente en el “todo vale“.
Cuando se pierde el sentido de lo humano, competir pierde todo sentido, cuando se pierde la dimensión de los objetivos y la capacidad del establecimiento de la colaboración estamos yendo en dirección contraria a lo que la naturaleza nos muestra, las especies exitosas y que sobreviven son las que muestran mayor flexibilidad en la cooperación y no aquellas que se basan en la pura competencia extrema.
Los individuos, con tal de competir y vencer, comienzan a dejar de lado su esencia, su entorno, sus familias y caen en espirales de locura y obsesión por el éxito como único objetivo, quizás por eso algunas sociedades no toleran el fracaso y después se preguntan sobre el por qué poseen altas tasas de suicidio. También está apareciendo el incremento de la violencia debido al mal o nulo manejo de la frustración. Pareciera que muchos miles de años de historia de gran desarrollo interior se ha perdido con mucha rapidez para dar paso al desenfreno mercantilista y exitista, una verdadera lástima, parece que el reservatorio de esas culturas de lo trascendente estará definitivamente en el oeste.
Dicho lo anterior, cabe preguntarse si no se está empujando a toda la comunidad de humanos en esa misma dirección, y se hace mediante un sistema centralizado de directrices, que bajo el lema de establecer mecanismos que garanticen una aparente transparencia o de procesos transparentes generan en la competencia, disfrazada de lo concursable, en un norte por sí mismo. No se trata de abogar por la dedocracia ni por la meritocracia sino por el justo equilibrio en que cada uno ocupa un lugar en la sociedad, con un espacio para crecer, para equivocarse, para enmendar y para llegar a ser, finalmente, mejores personas y dignos de vivir como humanos. Creo importante sostener y luchar por los equilibrios y balances que preserven al individuo, y quizás esta es una de las tareas más complejas de la formación valórica y de la educación integral.



